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Sorbos Por Elsa Lever M.


Periodista con Maestría en Comunicación por la FCPyS de la UNAM, diplomada en Género por el PUEG de la UNAM, y en Feminismo por el CEIICH de la UNAM.

Diáfana y débil, Maricruz le dio un sorbo a la noche. Le supo a tristeza, a soledad; le supo a dolor y a muerte. Caminó sin rumbo, pero sí con cierto destino, pues no sabía a dónde iba pero estaba segura de a dónde no quería ir. Y ese lugar era su casa —enclavada en el municipio El Desconsuelo, en la colonia de la Inconformidad—, el hogar que hacía tiempo había dejado de serlo, al menos para ella.

Cruzó la avenida El Fastidio, casi corriendo. Muchos accidentes se habían suscitado sobre el asfalto últimamente y no quiso ser parte de las estadísticas. Incluso se enteró del último, con lujo de detalles, porque era su vecina la que se suicidó ahí, en esa avenida.

Cuando llegó a la banqueta, Maricruz se detuvo y miró hacia atrás. Otras personas se quedaron en el intento de cruzarla, pues el pánico las atrapó. Tendrían que esperar otra ocasión, otro momento, pero ella ya estaba del otro lado. Dio otro sorbo a la noche. Continuaba el mismo sabor pero alcanzó a percibir otro ingrediente, que le supo a certeza, a seguridad.

De ese lado de la avenida confluía más gente que con su constante movimiento le hizo sentir la necesidad de seguir, por lo menos para salir de allí. Giró entonces a la izquierda, sobre la calle Ilusiones, y momentáneamente se sintió en otro mundo, con sus esquinas iluminadas de un rosado tenue y hermosos arbustos que mostraban pequeñas pero perfumadas flores.

Alguien, que no sabe de dónde ni cuándo apareció, le entregó una consigna impresa en sus manos y sin mediar palabra se alejó. Sorprendida caminó rápidamente para salir de Ilusiones, que la asombraba con emociones desconocidas.

A punto de dar vuelta a la derecha, al final ya del empedrado, una voz masculina le advirtió que no lo hiciera. Asustada se apresuró a doblar por el siguiente callejón, El Poder, que le pareció extremadamente cuidado y ostentoso. Maricruz dio un sorbo más a la noche, y perfume de nardos y cirios llenaron su paladar. No comprendió la razón de la advertencia, pues la suntuosidad de las casas, sus verjas y jardines alegraron su vista, empañada y acostumbrada a llorar.

A mitad de callejón escuchó música y se detuvo para escudriñar en busca del origen. La más hermosa de las casas que hubiera visto jamás en su vida apareció frente a ella, que extasiada recorría cada balcón, cada greca. No pudo evitarlo y se asomó por la ventana que daba a la noche. Su sonrisa desapareció de su rostro y terminó convertida en un gesto nauseabundo. La decepcionó tanta mentira, tanta hipocresía y olvidándose de persignar ante la iglesia que cruzó corrió hasta salir y dejar atrás El Poder.

Otra gran avenida la obligó a detener su desesperada carrera. Buscó su nombre en el letrero respectivo pero nada vio; demasiada oscuridad. Buscó quien pudiera orientarla pero nadie se detenía, nadie la miraba. Dio otro sorbo a la noche y le supo a angustia, a miedo. Dudó sobre qué decisión tomar: cruzar, seguir hacia adelante o en contrasentido. ¿Qué hacer?

Y se quedó ahí, parada, hasta que la incontenible luz del día la hizo reaccionar. Miró nuevamente el letrero, en el que, ahora claramente, se podía leer “Nuevo Camino a Libertad”. Sonrió y no se preocupó más. Sabía que cualquier decisión que tomara al respecto sería correcta.

Maricruz le dio el primer sorbo a la mañana, y le supo a sosiego y a felicidad.

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